
Comencé a escribir como forma de rebelión ante muchas cosas con las que tenía que convivir. En el mundo de las letras uno no tiene que soportar al gordo del jefe, ni convivir con quien hace de tu vida una monotonia.
Uno puede hacer que parezcan pobres hombres los que salen de un restaurante de comida rápida hablando de la subida salarial o que el protagonista no sea un triunfador ni juegue al golf pero que sea un tipo genial y feliz. Además, en el mundo de la literatura uno puede sentirse un día un millonario inglés y otro como el mendigo que pide en la puerta del Super que, por cierto, tiene un perro.

Todo esto con la ventaja o, a veces terrible desventaja, de ser uno mismo y no resolver las propias contradicciones. Aunque en el fondo uno espere que, mágicamente, sea el perdido o el millonario el que le diga lo que debe hacer con su trabajo o con algún problema más serio.
La manía de escribir creo que tiene que ver con la necesidad de descubrir por qué la gente hace las cosas o qué es lo que piensan o sienten los demás. Es una especie de exorcismo magico, un viaje extraordinario.