
Cuando me dan ganas de volar. Siempre hay alguien... siempre.
Ya pasó la medianoche, y el silencio forcejea con el calor, agobiante. El viento húmedo retumba en las paredes de la habitación, penetra bajo las cobijas. Doy vueltas y vueltas, mis párpados pesan, la ropa molesta, la separo de mi. Pienso en ella, en todas las formas en que la amé, apoyando besos diminutos alrededor de sus labios, y por los costados de su naricita. Besos "mariposa", de pestañas sobre sus hombros, sobre sus brazos. El olor de su piel de miel, su pelo tan como ella (La extraño) Ser juntos, "Hombre contra Mujer", las siluetas a contraluz de la luna, moviéndonos despacio, al son de la respiración... casi bailando. Apoyar mi boca en su boca, acariciarla con mis dientes, mojarla. Lamer su oreja y descender suave, por su cuello, deslizándome por su perfume, hasta sus pechos, esos que Neruda hizo de pan. Espiar desde su ombligo la expresión de su rostro... Sus labios entreabiertos, calientes. Perderme en cada una de sus curvas, apoyar mi piel sobre la suya, y llevar mi mano a recorrer el deseo, amagando, sin tocar más que su estremecimiento, hasta dejarla caer en la humedad entre sus piernas. Escuchar su gemido discreto, y meterme en ella violentamente, toda, sintiendo cómo con todo su cuerpo me araña, me pide más. Todavía no... juego... hago travesuras... me grita... mis manos apenas la escuchan. Vuelvo hasta arrancarle un orgasmo, gritado a mi oído. Me apoyo sobre ella, nuestra piel sudando. Me abraza, exhausta. La quiero, le corro sus cabellos de la cara. Cierra los ojos, me quiere lo se. Y entre los dos, al medio... Nosotros. Tengo la garganta ardiendo de sed. Voy a buscarme algo fresco de beber.
N-gil.